sábado, 17 de enero de 2009

El día que nadie fue a la cancha - Parte 1

Y llegó el domingo. Todos en el estadio estaban listos para recibir a la gran cantidad de gente que hoy vendría. Era un día hermoso soleado y como marchaba el equipo primero en el torneo, lo más probable era que el estadio estuviera repleto. La gente en las boleterías, los acomodadores en la cancha, los agentes de seguridad, periodistas, móviles, tenían todo listo para comenzar un domingo a puro fútbol. Casi siempre la actividad comenzaba a las dos de la tarde, cuando los primeros y más ansiosos hinchas iban llegando con sus respectivas familias dispuestos a encontrar mejores ubicaciones. Pero, la primera novedad del día, fue que a las dos de la tarde, no apareció nadie. Obviamente ninguno de los que estaba allí tomo esto como algo anormal, a veces la gente llega temprano, otros días llegan más tarde, se pensó. A las dos y media de la tarde el vacío en las calles era total. Los empleados del club sorprendidos, llamaban por teléfonos internos a otras secciones para verificar si realmente lo que estaban viendo por las cámaras de seguridad era cierto. La respuesta siempre era la misma: Todavía no había ido nadie. Se verificó que los accesos al estadio estuvieran en orden y que los transportes circularan con normalidad. El reloj marcó las tres de la tarde y las calles estaban desiertas. Los vendedores de choripan miraban hacia los costados, como buscando una respuesta. Los jugadores que estaban concentrados miraban sorprendidos desde el hall del hotel la televisación, que mostraba como un periodista recorría las calles vacías. Los dirigentes que estaban allí, llamaban al club preguntando qué hacer. ¿Vamos o no vamos? La cosa se puso seria cuando comenzaron a llamarse entre todos los clubes. Todos coincidían en lo mismo: No había ido nadie. Los dirigentes más altos de la organización de campeonatos comenzaron a preguntarse qué hacer. Reuniones de urgencia en las oficinas más próximas, llamadas telefónicas, preguntando: ¿Se juega o no se juega la fecha? La respuesta del Gran Jefe fue tajante: se juega igual. ¿Y los costos? preguntaban los dirigentes asustados, eso después se verá, respondió el presidente. Los jugadores salieron hacia los estadios y a eso de las cinco de la tarde el panorama era aterrador. No había nadie. La televisación se realizó igual, los partidos se jugaron como si nada hubiera pasado y el tétrico domingo por fin había concluido. Los medios no tardaron en reflejar lo sucedido y durante todo el día lunes se publicaron fotos de los estadios y de las calles desiertas con declaraciones de muchos de los jugadores que no entendían absolutamente nada y dirigentes indignados por las perdidas obtenidas. Pero lo más llamativo fue que durante todo ese lunes nadie llamó a los programas de radio y televisión que se especializaban en fútbol y tampoco nadie había comprado los diarios deportivos. El día martes hubo una reunión declarada de urgencia de todos los clubes de primera, para ponerse de acuerdo y ver qué pasos a seguir con respecto al domingo próximo. (Continuará)...

Pablo Latorre 17-01-2009

jueves, 15 de enero de 2009

Génesis inversa


Miró al cielo y pudo sentir por única vez esa terrible sensación. Como ese momento del ojo de la tormenta que antepone un segundo de paz y después ya nada queda. Aquella mancha del horizonte que hacía solo unos instantes estaba lejana, ya esta aquí. Un zumbido y de pronto la nada misma. Pasa y arrasa con todo lo que ve a su alrededor. Ciudades enteras, construcciones inmortales y animales de cualquier raza sucumben ante su efecto. No deja rastro de mares y tierra, provocando terribles remolinos destructores donde ya no se distingue cual es cual. Y después otro remolino y después otro remolino, como verificando de que nada quede en pie. El cielo oscurece, ya el sol se ha retirado. Los vientos encontrados arrastran por delante algunos objetos, por capricho, mostrando el miedo a los que todavía no han sido victimas. Esta plaga tuvo origen hace mucho tiempo y por esas cosas raras del destino, tomó vida propia hasta convertirse en lo que es hoy día, una maquina de destruir. Estas son las últimas líneas del cuento, lo sé. Allá a lo lejos la veo venir. Lo que siempre pensé que nunca encontraría, finalmente me ha encontrado. Aquella mancha del horizonte que hace solo unos instantes estaba lejana, ya esta aquí. Un zumbido y de pronto vendrá la nada misma. Una pena. Podría haber sido mejor. Una lastima que la plaga que hoy nos aniquila seamos nosotros mismos.

Pablo Latorre 15-01-2008

MInuto cero

La ventana de su oficina daba a la gran avenida. Desde su noveno piso podía observar cualquier movimiento de la ciudad. Autos, colectivos, taxis, transeúntes, todo desfilaba ante su vista ciega. Porque cuando uno esta en la ventana de cualquier oficina y busca un poco de aire visual ante tanta rutina, uno mira sin mirar, reposando la vista sobre algo que no nos interesa. A lo lejos, el río gris y el cielo casi celeste logran fundirse sobre la línea de horizonte, que a veces es cubierta por el humo de aquella fábrica. Aviones que pasan por encima, subtes que pasaban por debajo. Gente y más gente. Los únicos testigos casi mudos de tal paisaje son los árboles, que con la experiencia de los años vividos ven como todo cambia, como todo se mueve hacia algún lugar que nadie sabe. Y de pronto tuvo una loca idea. Se causó gracia a si mismo pensando en que pasaría si uno durante un minuto pudiera parar al tiempo. De que todo a su alrededor se congelara solo por un minuto. Este pensamiento estaba dentro de la categoría de: cómo me gustaría ganar la lotería, como me gustaría no trabajar y tantas otras cosas que uno piensa y que sabe que nunca se harán realidad. Así que sin demasiadas preocupaciones se recostó sobre su respaldo de cuero y cerro sus cansados ojos. Agradable sorpresa fue la que se llevo, cuando tuvo que abrirlos por culpa del silencio. Lentamente abrió un ojo y pudo ver que todo estaba quieto. La gente, los autos, todo. Incluso su insoportable compañera de oficina que no paraba de hablar por teléfono con su hermana, milagrosamente se había callado. Paso el minuto y todo comenzó a funcionar normalmente. Gente, ruido, movimiento, el teléfono, la hermana, aviones y humo. Sin comprender lo sucedido y casi sin pensarlo, cerró sus ojos nuevamente y tuvo el mismo pensamiento. Y otra vez el silencio se adueño del lugar. Silencio sagrado, pensó. Transcurrido el minuto todo retomó su curso. Ya con un poco más de experiencia, esta vez se acomodo en su silla y cerró sus ojos. Esta vez pidió lo mismo, pero por el lapso de media hora, total si había que pedir, había que pedir bien. Y así fue. Silencio y otra vez todo quieto. Sin dudarlo, bajo las escaleras corriendo, se desabrochó su corbata y camino por las calles congeladas. Corrió, grito, salto, camino e incluso tuvo tiempo de recostarse sobre la pequeña plazoleta que veía siempre desde su ventana. Su reloj se había quedado quieto también, así que tuvo que calcular el tiempo a ojo. Medio apurado, con poco tiempo, valga la redundancia, a lo único que atino fue a pasar por el kiosco y tomar alguna golosina prestada, mientras se burlaba del kiosquero que había quedado petrificado en una posición muy graciosa. Subió las escaleras y volvió a su ventana. De pronto todo comenzó a funcionar, gente, ruido, movimiento, el teléfono, la hermana, aviones y humo. Y así transcurrió el resto día, trabajando como siempre. Miró su reloj y este le daba la agradable noticia: el día laboral había terminado. Respiro hondo. Un día menos, dijo en voz baja. Se levanto y cuando quiso tomar su saco, de pronto y sin saber porque, se quedo quieto, paralizado. Su mirada estaba estancada sobre la tela gris del saco. Su cuerpo no le respondía. Tenia la vista fija en la tela gris sin ni siquiera poder mover un ojo. Serán los efectos colaterales de los deseos pasados, pensó. ¿Cuánto durara? Hasta que sintió que algo se movía. Con su vista fija en el saco, pero a través de su vista periférica pudo sentir como la loca del teléfono saltaba de alegría. Aparentemente a ella también se le había cumplido su deseo. Me alegro por ella, pensó. Hasta que un terrible pensamiento se apodero de el. ¿Por cuánto tiempo lo habrá pedido?

Pablo Latorre 15-01-2008


miércoles, 14 de enero de 2009

La misma orilla

El decía que a las cinco estaba bien. Y ella, como siempre, llegaría media hora mas tarde. El salió de su casa y tuvo suerte de encontrar el colectivo sin esperar en la parada. Ella, como estaba mas cerca, fue caminando. El durante el viaje pensaba y recordaba viejos momentos que lo hacían reír, pequeñas burbujas de tiempo que lo salvaban de todo mal. Ella miraba a través de las vidrieras, pero sin detenerse, como si el consumismo pasara a segundo plano. El observaba la gente correr, saliendo de la playa con todos sus objetos a medio cerrar. Ella sintió una cálida brisa, preludio de tormenta. Faltando dos cuadras el se bajó y prefirió llegar caminando, todos volvían, el iba. Ella comenzó a caminar más lento para seguir con su ritual de la tardanza y se encontró con la playa semidesierta. El llego a la orilla y pudo ver en el horizonte algunas nubes grises que amenazaban al sol. Ella se paro de frente al mar y mojo sus manos en el agua mientras miraba a su derecha. El bajo la vista unos segundos y giro la vista a su izquierda. El la imagino y ella quiso jugar con que el estaba allí. Una orilla. El mismo mar. Solo que el estaba en Mar del Plata y ella en Necochea. El destino lo quiso así. Una orilla, el mismo mar y nunca sabrán que uno espera en vano por el otro.

Pablo Latorre 08-01-2009


Piso seis


Arquitecto desde que tenía uso de razón, quiso trascender en la historia del arte contemporáneo inventando algo que jamás se había visto. Construir un edificio de catorce pisos, pero sin el sexto piso. Bueno, eso es fácil dijeron sus colegas, haga como aquellos edificios que no tienen piso trece. Uno lo construye y luego los enumera sin tener en cuenta el piso que desea sacar. En el ascensor se podrá ver los siguiente: Cuatro, cinco, siete y así sucesivamente hasta el pisos que usted quiera. Así es fácil, contesto él, lo que yo quiero es hacer en la misma construcción un gran agujero y que la parte de arriba con la de abajo no tengan conexión. Solo el agujero. Claro esta bien, pero por lo menos la estructura de arriba estará sostenida por columnas a su costado ¿no? Así también es fácil, contestó él, nuevamente, lo que yo digo, es que el hueco abarque todo, o sea, que el verdadero sexto piso no exista. ¿Y como va a sostener los pisos siguientes? Le preguntaban un poco alterados ya sus colegas. Con la imaginación. Si, pero con la imaginación no sostenemos nada. La imaginación se usa para crear, una vez que las cosas están creadas la imaginación queda a un lado y se construye sobre cosas concretas. Un edificio es concreto, dijo de repente un arquitecto cansado ya de escuchar las ideas de nuestro amigo. Usted se equivoca, le respondió, el piso seis, como los demás pisos pueden dejar de existir, si usted quisiera, seria como un edificio a la medida de cada día. De pronto se produjo un silencio que daba miedo. ¿Cómo a la medida de cada día? atino a decir un arquitecto. Claro, si un día el edificio tiene que albergar cien personas, será para cien personas, si otro día el edificio espera por mil personas será para mil personas. ¿Y como seria, se agranda, se achica? Eso no lo se. ¿Y para que el agujero en el piso seis entonces, si puede saberse? Porque me gustan los edificios sin piso seis. Sonó el reloj. Se hicieron la dos de la tarde. Todos los arquitectos dejaron el recinto y se fueron a la sala contigua para deliberar y ver adonde llegaba todo esto. Pasadas las cuatro, dos representantes de la junta de arquitectos le dieron la gran noticia: Lo felicito, usted tiene todos los fondos necesarios para llevar a cabo su proyecto. Le entregaron un papel que decía: 0 dólares, use la imaginación. Y él contento con los fondos obtenidos, se quitó el chaleco de fuerza y comenzó a construir en el jardín trasero.

Pablo Latorre 09-01-2009



Cielo Fallado

Pateo la pelota tan alto, pero tan alto, que en su caída se trajo algo parecido a un tacho de luz. Si, como en aquella película, donde todo era una show, y de pronto cayó un tacho de luz desde el cielo, bueno, igualito. La pelota venia complicada y sin dudar la pateó lejos. Fuerza siempre tuvo en su pierna derecha, pero nunca creyó que tenía tanta. Todos en la cancha quedaron atónitos al ver como la pelota blanca se alejaba hasta convertirse en un punto negro casi invisible y perderse en el cielo celeste. La fuerza de la gravedad hizo el resto y con la pelota, como ya dijimos, vino el objeto. Primero cayó el tacho y de casualidad no le pegó a nadie. Pararon el partido y todos se quedaron atónitos en la mitad de la cancha, preguntándose de donde había venido aquel artefacto. De pronto cayó la pelota y le pego en la cabeza a uno de los jugadores, lo que causo la risa general. Uno de los jugadores haciéndose visera con las manos, noto algo distinto en el cielo. En todo el paño celeste, había un cuadradito negro. Como si la parte de una pantalla no funcionara, bueno, así estaba el cielo. Los demás también levantaron la vista y vieron el mismo recuadro negro. Caía la tarde y a medida que el cielo tomaba color anaranjado, el recuadro seguía negro. Rompiste una parte del cielo, decían algunos. Otros decían que era imposible romper el cielo de un pelotazo. Cayó la noche y el recuadro negro se ocultó en el cielo del mismo color. Acamparon allí y esperaron hasta el amanecer, para verificar el daño ocasionado. Y efectivamente, el recuadro negro del cielo roto seguía allí. Hasta que uno dijo, rompe paga. Y el pensó, habrá que saldar cuentas con Dios entonces.

Pablo Latorre 14-01-2008



Una triste noticia


Sonó el teléfono. Atendió apurado. A medida que iba escuchando se fue sentando donde pudo. De un hola que tal feliz, hasta un adiós imperceptible. La peor noticia había llegado. Se tomó unos minutos para pensar y ver que pasos seguir. ¿Que hago? ¿Lo llamo para decirle? Marcó el número y antes de terminarlo decidió colgar. No podía hacerlo. ¿Porqué yo? Miró por la ventana y maldijo. Pero pensandolo bien, mejor era correr el riesgo de avisarle antes de que no sepa o se entere por otros medios. En su lugar me gustaría que me avisen. Porque las malas noticias cuando llegan tarde, rebotan más y entre el asombro y la angustia las cosas tardan en digerirse. Sonó el teléfono. ¿Hola? alcanzo a decir. Se calmó al escuchar otra voz que le daba la misma noticia. ¿Lo llamaste? Yo no. ¿Vos? Yo tampoco se escucho del otro lado de la línea. Y de pronto, lo que no quería escuchar, se hizo realidad. Tendrías que llamarlo vos, creo que corresponde. Si, ya sé y colgó de manera abrupta. Miro fijo al teléfono, tomo coraje y comenzó a discar. Ojala que de ocupado, asi por lo menos la intención estuvo, yo llame, ahora si esta hablando con otra persona, yo no tengo la culpa. Y el sonido de estar llamando se adueño de su oído. ¿Hola? Dijeron del otro lado. Hola, como te va. ¿Qué haces che? ¿Qué pasa? Tengo que decirte algo. Si, decime. Y la peor noticia llego por el tubo sin interrupciones. Silencio. ¿Y como fue? Pregunto resignado. No tengo idea, recién me acaban de avisar. Silencio otra vez. Solo se escuchó un ruido fuerte como si hubiera tirado el aparato sobre la base del mismo. Respiró hondo y se sento nuevamente. El día ya no seria el mismo. El sonido de ocupado seguía en la línea. Colgó mientras miraba por la ventana como llovía torrencialmente. Lamentaba este maldito día. Y lamentaba tener que haber sido él, que diera tan triste noticia. Se había suspendido el partido y todo por culpa de esta maldita lluvia que no paraba.

Pablo Latorre 13-01-2009


Sueño cumplido


Y de pronto supo que iba a ser así. Llego a la temprana edad de los 40 años y comenzó a quejarse, a quejarse sin sentido. Porque una vez que uno llega a la cima, habrá que ir descendiendo lentamente, decía. Pero jamás imagino que sería así. Al siguiente año, en vez de festejar sus gloriosos 41, soplo 39 velitas. Ese día se le había concedido aquel deseo que tanto había pedido. Cansado de trabajar y trabajar, y nunca tener tiempo para sus cosas, pidió entre gritos al cielo volver el tiempo a atrás. Y su deseo, sin ningún motivo, se cumplió.
Al siguiente año festejo sus 38. Estaba feliz, había vuelto a vivir. Esta vez las cosas no se me iban a escapar. Todo lo que no pude hacer, todo lo que alguna vez quise, esta vez podré tenerlas, pero con las experiencia de las cosas vividas, pensaba. Hasta que una fría noche de invierno, mientras dormía, un sueño le develo el misterio. Despertó violentamente y supo enseguida las cosas terribles que le estaban por venir. Porque si en la vida, uno nunca sabe cuando acabaran las cosas, él ya lo sabia de antemano. Su apariencia en vez de envejecer, se rejuveneció. Cumplidos sus 30, encontró en el espejo aquel rostro que solo existía en viejas fotos olvidadas. Llego a los 20 perdiendo todas sus mañas y experiencia. Incluso comenzó a tener miedos adolescentes que ya había olvidado. De pronto se vio imposibilitado de manejar y de valerse por si mismo. Llego a los cuatro años, y muchas cosas las había olvidado, a duras penas recordaba calles y nombres. Pero esta vez no había padres para contenerlo. Hasta que llegó al primer año, solo, sin saber hablar, solo gateando y balbuceando sonidos que nadie lograba entender. Y ese día, el de su nacimiento, se fue, haciendo realidad aquel sueño que tanto quería hacía ya cuarenta años-

Pablo Latorre 12-01-2009

lunes, 12 de enero de 2009

Techo sin techo


El vivía en el techo, no era un indigente. Tenía su casa, su auto, su trabajo, una vida normal. Pero le gustaba estar la mayoría del tiempo en el techo. ¿Por qué? Mucha explicación no le encontraba. Decía frases como: Quiero estar mas cerca del cielo, desde arriba las cosas se ven mejor que desde adentro y varias frases trilladas que repetía y repetía cada vez que alguien le preguntaba porque vivía ahí arriba.
Varias veces trato de contar las estrellas, pero el sueño se lo impedía. Al día siguiente volvía a su casa con la esperanza de seguir con el conteo lo cual era imposible. Las de la derecha ya las conté y ahora resulta que las de la derecha están en la izquierda, así no se puede, repetía para si mismo. El decía que las estrellas se movían. Obviamente nadie le creía. Incluso su mejor amiga, que no se cansaba de darle explicaciones científicas tales como: Las constelaciones son siempre las mismas, la osa mayor, las tres marías, la estrella del sur, solo se puede modificar su ubicación por el movimiento de la tierra, pero las constelaciones son siempre las mismas. Estas explicaciones a él mucho no lo convencían. El decía que las estrellas se movían. Incluso estas discusiones tardaban horas. Salían a comer, al cine o simplemente a caminar y la charla siempre terminaba igual. Ella se basaba en la ciencia y él en la fé, comentaban sus amigos, también testigos de insoportables trifulcas. Si Maradona se movía, como no se van a mover las estrellas más pequeñas. Estos comentarios a ella la ponían realmente nerviosa. No entendía la lógica entre los astros y Maradona, cosa que el asociaba de inmediato. Es mas, él decía casi al borde del enojo, que una noche vio a las tres marías moverse hacia otros lugares y que una solo volvió como a la media hora, la bautice la María sin sus dos hermanas, dijo, a lo que ella, al escuchar esta explicación sin sentido se levantó de la mesa y lo dejó plantado.
Una noche, cansada ya de discutir, ella se trepó al techo de la casa de su amigo, se acostó a su lado y se puso a ver el cielo como el lo veía. La primer noche, nada, la segunda, menos, la tercera, nublado y así durante meses. Es hasta que entren en confianza, decía, y ella lo miraba casi al borde de la ternura.
Los días pasaban y las estrellas seguían intactas. Charlaban de cualquier cosa, pero siempre mirando al cielo. Hasta que una noche, de pronto una estrella se fugó velozmente. El pudo verla enseguida y ella le dijo que no inventara, que seguramente era una estrella fugaz, una de las tantas que hay en el cielo. Al los pocos minutos otra estrella mas se fugó, y otra y otra, y así comenzaron a irse de a tres, de a miles. Cuanta mas cantidad de estrellas se iban moviendo, ella ahora si podía verlas. Ante increíble paisaje el solo susurraba: El éxodo del cielo. Hasta que la ultima estrella se movió hacia la derecha y luego volvió arrepentida, como si respondiera a un llamado del otro lado, desapareciendo velozmente, dejando el cielo totalmente oscuro. El silencio inundo el lugar. Ya no se escuchaban los grillos, solo silencio y oscuridad. El la miro fijo y le dijo: Era solo cuestión de confianza y ella sin encontrar respuesta solo lo miró.

Pablo Latorre 07-01-2009



Autopista sin tunel


La ciudad suele tener caminos, que por más que uno haya vivido durante toda su vida en el mismo lugar, jamás recorrerá. Y si alguna vez alguien tiene la suerte y el tiempo de viajar a través de ella, podrá ver que incluso, hasta en su propia manzana existen zonas que uno jamás ha visto, gente con la que nunca habló e incluso negocios que nunca tuvo oportunidad de entrar. Un día ella tomó su auto y decidió recorrer la ciudad, sin rumbo, donde los semáforos y las curvas la lleven y la sorprendan. Y así fue, alrededor de las 9 de la mañana, sin mapas y sin alturas que observar, comenzó su viaje. Solo camino y suerte. Primero recorrió la parte céntrica, ya conocida, luego fue por algunos barrios menos transitados, hasta que de pronto y son darse cuenta se perdió en una localidad que estaba bastante alejada de donde ella vivía. Le sorprendió ver tantos árboles en su avenida principal. Nunca estuve aquí, ahora si este viaje tiene motivo, pensó. Las veredas eran de otro color, casi tirando al bordeaux. Los negocios no tenían rejas y las paredes eran de color celeste. La gente que habitualmente recorrían estas calles, en su mayoría estaban vestidos de blanco, cosa que le llamó la atención. Pudo ver que la gente sonreía, conversaba amablemente en sus puertas, como si los problemas económicos y personales, ese domingo no los afectara. Tendría que mudarme acá, siempre me gustaron los árboles y las veredas anchas, pensó. Frenó y anotó el nombre de una calle, donde había una casa muy bonita que decía que se alquilaba. Siguió su camino, cuando de pronto ante ella, apareció la entrada de una autopista. El cartel le daba la bienvenida correspondiente y el costo del peaje por el tamaño de su auto sería solo de dos pesos. Sin pensarlo demasiado, se detuvo frente a la cabina del peaje y una señorita muy bonita le entregó un ticket con el valor abonado de color tambien celeste. La barrera se levantó lentamente y puso su auto en marcha. Habrá recorrido unos cien metros aproximadamente cuando luego de una curva pronunciada vió que la autopista tenía una subida enorme. Tan grande era la subida, que el final de la misma se confundía con el solitario punto en fuga del cielo. En algún momento tendrá que bajar o sino iré hasta la luna. Se rió de su propio chiste y lamento no tener nadie al lado para compartirlo. Aceleró y comenzó a subir. Habrán pasado unos cinco minutos de subida empinada aproximadamente cuando su auto sin previo aviso se apagó. Un segundo y el pánico se adueño de ella. Rápidamente su cabeza trágica le hizo pensar lo peor y se vió cayendo tan velozmente como su pequeño viaje. Respiro profundo, obviamente sin soltar el freno y antes de que ejecutara cualquier acción, el auto se puso en marcha solo y prosiguió su camino. Se sintió un poco mareada y sin darse cuenta llevó las manos a su cabeza. Agradable sorpresa fue la que se llevó, cuando al darse cuenta de que si bien sus manos estaban sobre su nuca, el volante seguia manejando el auto, como si tuviera vida propia. Y de pronto se relajó. Miro a través de la ventanilla y le pareció entender algo que ni su propia razón entendia. Las nubes ya eran pequeñas gotas de algodón debajo de ella. Penso en sus padres. Se acomodo en el asiento y siguió su marcha, hasta el cielo mismo.

Pablo Latorre - 06-01-2009



Típico día de Verano

15 de Enero. 10 de la mañana. El se levantó y tomó un poco de café que había quedado del día anterior. Pequeñas ventajas de las vacaciones. Levantarse tarde, desayunar en la cama, sin apuros, sin depender del reloj que habitualmente manda. Escuchar los pájaros que cantaban al borde de la ventana. Raro, nunca hay pájaros en mi ventana, pensó. Se levantó y levemente asomó su cabeza. La calle estaba desierta, cosa que no le sorprendió, ya que el verano aquí en Buenos Aires suele ser así. Calles despobladas, escasos automóviles, poco ruido. La ciudad por este corto periodo es de uno, pensó nuevamente y volvió a su pequeño desayuno matinal. Se vistió con esa ropa que solo uno se pone en verano y salió a comprar un par de cosas que había anotado en una pequeña lista que tenia pegada en la heladera. Cerró la puerta y comenzó a caminar. De pronto, dejo de avanzar de manera automática y pudo ver que la calle estaba vacía. Había algunos autos estacionados, pero la calle estaba completamente vacía. Caminó una cuadra, dos y la calle seguía vacía. Una pequeña brisa revolvía algunos papeles de diarios tirados sobre la vereda. ¿Dónde esta la gente? Observo por la avenida y vió que no circulaba ningún auto, ningún colectivo, ningún taxi. Podían verse las avenidas y su punto de fuga allá a lo lejos, sin ser interferido por nada. Los negocios estaban cerrados y los semáforos funcionaban normalmente sin sentido alguno. Miró a su alrededor y solo lo envolvía el silencio. Dió uno, dos, tres gritos al cielo, pero nadie contestó, solo se escucho un pequeño eco allá a lo lejos. Volvió a su casa corriendo y prendió la televisión. Y rara fue su sorpresa cuando vió que había señal en todos los canales, pero los estudios de televisión estaban completamente desocupados. Incluso hasta los programas extranjeros habían quedado con su último subtítulo. Llamó por teléfono a sus padres y atendió el contestador. Llamó desde su celular a sus amigos y nadie contestaba. De pronto un sonido agudo rompió los vidrios de las ventanas y atravesó su cabeza. El sonido venia desde afuera. Era algo similar a una sirena, pero mucho más fuerte. Abrió la puerta como pudo, tapándose los oídos con sus dos manos y de pronto apareció frente a él un aparato gigante dorado con números en la frente. Lo observó durante unos segundos y de manera violenta una soga lo tomó del cuello y lo tiró de espaldas contra el piso. Cerró sus ojos y todo el cielo se volvió oscuro. Pasaron un par de minutos cuando decidió abrir un ojo. El sonido agudo seguía intacto, pero ahora sonaba de manera intermitente. Una línea delgada gris le dió la bienvenida. Con su mano derecha casi dormida tanteo el mueble y apagó el despertador. 15 de Enero. Eran las 10 de la mañana. Se dió media vuelta y puedo ver el techo blanco, sin sombras, solo con esas pequeñas manchas de humedad que ya conoce y que por pereza de pintarlas les busca formas distintas cada mañana. Otro día más. Otro día. Forma de avión tiene esta vez, y sonrió levemente. Cuando de pronto una sensación de vació lo levanto de la cama violentamente. Miró por la ventana y la calle estaba desierta. Un pájaro se poso sobre su ventana, raro, nunca hay pájaros en mi ventana, pensó y de pronto algo le pareció familiar.

Pablo Latorre 05-01-2009