martes, 20 de enero de 2009

Gente rara


El edificio tenía 63 pisos. Alrededor de 300 compartimentos por piso con 2 personas por computadora. Se calculaba que había unas 15.000 computadoras en todo el establecimiento. Tenía 30 ascensores y más de 1500 guardias. La cantidad de empleados ascendía a 20.000, pero había un 1 solo jefe, que nadie conocía. Cada persona tenía un número asignado de entrada y el mismo numero interno de teléfono. Las llamadas se recibían así: Llamada del empleado 14.567 al número del empleado 4.765. Trabajaban 9 horas por día con 1 hora de almuerzo y el sueldo promedio de los era de 2.500 pesos. El edificio abarcaba 4 cuadras y llegaban alrededor de 17 líneas de colectivos mas 2 líneas de subte. La gente en los pasillos se saludaba de tal manera: ¡Eh! Ahí viene el 4.532, ¡Como te va 7654 tanto tiempo! Obviamente la empresa se dedicaba a los números: números de resúmenes, números de cuentas, número de balance y números que nadie conocía. Hasta que un día, el 23 de noviembre a las 10 de la mañana, el empleado 7598 se cruzó con un viejo conocido, el 4563 del piso 9 y le dijo: ¡Eh! Pablo ¿Cómo estas? De pronto la música ambiental que sonaba en los 9 pasillos se corto. Comenzaron a sonar 9 sirenas y 18 agentes de seguridad subieron hasta donde se había producido el desajuste. Los 2367 empleados del piso que habían asistido ese día, se quedaron quietos, contra la pared. A los 3 días del incidente llego 1 boletín oficial que informaba que el empleado 7598 había enloquecido. Los casi 19.999 empleados le dieron la razón a la compañia.

Pablo Latorre 20-01-2009



domingo, 18 de enero de 2009

Pequeños destinos

Salió a caminar un rato. Tenía ganas de respirar un poco del aire puro que le brindaba su campo y que hacía mucho tiempo que no visitaba. Comenzó a caminar hasta perderse en la inmensidad de sus tierras, cuando de pronto tuvo ganas de sentarse a descansar bajo uno de los tantos árboles que decoraban el paisaje. El sol estaba cayendo, cuando vio al costado de sus tierras, sobre la parte trasera detrás del alambrado, una pequeña ruta. Nunca la había visto antes. Lo mas extraño era que esa ruta tenia camino de asfalto y era exactamente del largo del campo. Pero si este lugar esta entre campos, pensó, como puede ser que esta ruta este ubicada aquí. Incluso vio que estaba señalizada con un cartel verde que decía: Al cielo 134 km. Al infierno 86 km. A Buenos Aires 34 km. Mar de Ajo 345 km. Perplejo miraba el cartel sin entender absolutamente nada. Primero no lograba decodificar como una ruta asfaltada estaba detrás de su campo, sin haberlo notado nunca. Segundo como era posible que esta ruta, este ubicada entre estos campos y tercero: ¿Quién puso este cartel? ¿Cuál era su finalidad? Y cuarto, cielo, infierno ¿Qué esta señalizando este cartel? Así que medio enfurecido y medio sorprendido, decidió sentarse al costado del camino a esperar que algún vehiculo circule por allí para despejar sus dudas. Debe de ser una broma de los vecinos pensó. O algo que quedó de algún festejo de carnaval. Hasta que cayó la noche. El cielo estaba totalmente estrellado hasta que de pronto, un coro de grillos inundando el lugar. Habrá pasado unas dos horas aproximadamente cuando desde la derecha unas luces comenzaron a iluminar la ruta. Parecían los focos de un automóvil que venía a una velocidad relativamente alta. A medida que iban acercándose las luces, el vehículo fue disminuyendo su velocidad hasta parar a pocos metros de él. De pronto, un señor bajó la ventanilla y muy amablemente le preguntó: ¿Perdón señor, buenas noches, el cielo, sabe donde queda? Nuestro amigo lo miró durante unos segundos sin entender mientras pensaba: ¿De donde habrá venido este auto? ¿Cómo llegó hasta aquí? El señor al ver que no había respuesta volvió a preguntar: ¿Perdón que lo moleste, el cielo, sabe donde queda? Y recordando aquel cartel verde que había visto a la tarde le contestó: A 134 km. Gracias, contesto el hombre del auto. Subió la ventanilla y arrancó a gran velocidad hasta perderse de manera inexplicable al final de la ruta. Es imposible pensó. Allí no hay curvas, ni arbustos que me impidan verlo. ¿Cómo desapareció? Corrió hasta donde supuestamente el auto había desaparecido y efectivamente el auto ya no estaba. Le llamo la atención que donde se había producido la desaparición, el asfalto se acababa y comenzaba el alambrado del otro campo. ¿Y el auto donde fue? Miró a todos lados sin encontrar respuestas cuando otro automóvil apareció del otro extremo de la ruta. Casi llegando al final del asfalto, frenó violentamente. El se había quedado ahí a propósito para ver qué pasaba después de esta división. ¿A donde se dirigían los autos? Una señora bajó la ventanilla y le preguntó. ¿Perdón, el infierno, sabe donde queda? Esta vez sin tanta sorpresa por la pregunta, nuestro amigo le contesto: 86 km. Gracias. La señora dio media vuelta y acelero hasta desaparecer del otro lado de la ruta. Preso de la duda y la desesperación de no entender que estaba ocurriendo, decidió sentarse al costado del camino para ver el espectáculo de autos que pasaban por allí. Durante toda la noche pasaron miles de autos, caras felices, caras tristes, niños, animales, abuelos, grupos de gente, camiones, colectivos, micros y allí pudo comprender. Alrededor de las seis de la mañana el cielo ya estaba aclarando y un nuevo día se aproximaba. Ya había visto demasiado, asi que camino unos pasos para volver a si casa, cuando de repente un auto frenó a su derecha. Pudo observar a través de las ventanillas cerradas dos mujeres y dos hombres discutiendo con caras tristes, buscando a través de un mapa algún lugar que aparentemente no encontraban. El ya había entendido todo. La tristeza de partir y de sentirse perdido dejando familia, amigos, lugares, trabajo, momentos, todo para darle fin a la vida a través de esta pequeña ruta. El se acerco amablemente sabiendo el triste desenlace de estas personas, porque tanto el cielo como el infierno son motivo de tristeza. Les golpeo la ventanilla y el hombre que estaba al volante, con el mapa sobre su mano derecha, bajo lentamente el vidrio. El al ver sus caras de angustia casi con un dejo de ternura les preguntó: ¿Al cielo o al infierno se dirigen? Las personas lo miraron y le respondieron: Vamos a Buenos Aires, se nos acabaron las vacaciones ¿Sabe como volver?

Pablo Latorre 16-01-2008